Elías Pino Iturrieta
Lunes, 14 de noviembre de 2011
Al hablar de apátridas el presidente Chávez intenta la misma operación
de extrañamiento de ciudadanos en su propia nación. Es la cabeza del
poder constituido, pero no quiere una comunidad que haga cosas junta. No
estamos en guerra contra un enemigo extranjero, pero anuncia la madre de
todas las batallas contra el más grande de los poderes foráneos para
fabricar un enemigo interno
David Miller, un especialista en el tema del nacionalismo y de las
manipulaciones que engendra, dice lo siguiente sobre las naciones: "son
comunidades que hacen cosas juntas, toman decisiones y logran
resultados, sin fin".
Como se trata de un propósito de altos vuelos, agrega, la autoridad
constituida trata de que se marche en términos integrales en el logro de
objetivos fundamentales, o aún de metas como las que aparecen todos los
días, para evitar fisuras que irían contra el espíritu de lo que se
considera como nación.
Cuando puede, la autoridad constituida promueve movilizaciones que
recuerdan a los ciudadanos su común nacionalidad, no en balde se trata
de una vivencia sobre la cual hay que machacar para evitar su
languidecimiento en siestas sentimentales.
Es evidente que el mayor incentivo de las movilizaciones adquiere
relevancia cuando aparece un enemigo de la patria. Entonces se editan
panfletos, se pronuncian ardientes discursos en el Parlamento y se grita
en las plazas para conjurar una amenaza que incumbe a la totalidad de la
sociedad.
En general hablan aquí los estudiosos de enemigos externos, de gente
torva que viene de otras latitudes y contra la cual se deben unir
esfuerzos sin vacilación. Se promueve entonces una lucha entre lo propio
y lo ajeno, en la cual no queda más remedio que echar el resto. Puede
ocurrir, sin embargo, el descubrimiento de un enemigo interno contra el
cual arremete la autoridad constituida, o un sector de peso en la
colectividad, generalmente en tiempos de guerra o de turbulencia política.
En tales casos la autoridad constituida, o una parte influyente de la
sociedad, se apropian de la nación para oponerse al supuesto enemigo
interno. Llevan a cabo una maniobra de reubicación patriótica partiendo
de la cual proponen una batalla entre el bien y el mal, entre lo moral y
lo inmoral, animada por la cabeza del poder, o por el líder de una
facción importante, pero orientada como si se tratara de un combate
contra potencias procedentes del exterior. Ahora la determinación de lo
propio y lo ajeno no depende de la procedencia foránea del rival, sino
de una proposición, generalmente falaz y exagerada en términos groseros,
que atribuye al enemigo interno un conjunto de macabros propósitos cuya
meta es la aniquilación de los valores de la nacionalidad y de los
hombres buenos y santos que los respaldan. Es la cruzada de la nación
contra una legión de monstruos, la pugna del patriotismo contra una
caterva de traidores. Este tipo de conflictos habitualmente se expresa
en proclamas encendidas, pero después en leyes draconianas y en órdenes
de prisión y exterminio. Contra personas nacidas en el mismo suelo, tan
normales como cualquier individuo del contorno; gentes que van al cine o
al estadio o al café sin ninguna manifestación capaz de encender las
alarmas, pero a quienes se califica de enemigo internoporque viven en
una región determinada, porque hablan una lengua peculiar, porque son
dueños de un conjunto de propiedades o simplemente porque piensan
distinto, por ejemplo. Dejan de formar parte de la patria, se vuelven
ajenos y peligrosos debido a la determinación de una retórica turbia.
Uno de los casos más escandalosos en este sentido fue llevado a cabo por
Franco y por sus publicistas, durante la guerra civil española. El
"Caudillo" y sus tropas justificaron el alzamiento contra la república
en la existencia de un tipo de españoles, que había perdido sus nexos
con la tradición y con las esencias de la hispanidad debido a sus
vínculos de dependencia con un poder extranjero. Había un tipo de
españoles coligados sin condiciones con una fuerza externa y extraña que
controlaba el poder, dijeron en miles de pasquines y discursos. Los
republicanos habían dejado de ser españoles por su connivencia servil
con la Unión Soviética, formaban parte de un universo peligrosamente
exótico, según repitieron hasta la fatiga con el objeto de justificar,
no solo su rebeldía contra el establecimiento legalmente constituido,
sino también la aniquilación de una muchedumbre de seres humanos.
Llamándose "nacionales", los fascistas hicieron una pavorosa operación
de extrañamiento de ciudadanos en su propia nación, que condujo a
mecanismos de estigmatización, a muertes masivas y suplicios inenarrables.
Al hablar de apátridas el presidente Chávez intenta la misma operación
de extrañamiento de ciudadanos en su propia nación. Es la cabeza del
poder constituido, pero no quiere una comunidad que haga cosas junta. No
estamos en guerra contra un enemigo extranjero, pero anuncia la madre de
todas las batallas contra el más grande de los poderes foráneos para
fabricar un enemigo interno.
Venezuela es una sola, pero él se apropia de la parte que juzga como
positiva en términos exclusivos y excluyentes para condenar a la otra
parte, a la cual presenta como cómplice de un terrible dragón imperial
que debe ser expulsada del seno de la nación y remitida hacia el
ostracismo. El fundamento de la "reubicación patriótica" se encuentra en
los estereotipos de un discurso cuya únicas articulaciones son la
mentira, la falta de pensamiento y la necesidad de crear turbulencias
para beneficio de una decadente hegemonía. De allí que todo termine en
un insulto escandaloso e inmerecido, en una afrenta que solo puede
encontrar asidero, aunque débil y remoto, en la pasividad de la
abrumadora porción de ciudadanos que la recibe sin siquiera parpadear.
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