Sunday, November 13, 2011

La soledad del manager

La soledad del nager
Andrés Cañizales
Domingo, 13 de noviembre de 2011

En estos días postreros del 2011, un año a todas luces sorpresivo en
materia política en Venezuela, se me ha venido a la cabeza el título de
la novela de Manuel Vásquez Montalbán como reflejo del ejercicio actual
del poder en nuestro país.

 Aló Presidente desapareció y no se sabe si volverá al aire AFP

Tuve el privilegio de conversar con Vásquez Montalbán en La Habana,
cuando un aluvión de periodistas y buscadores de historias llegaron a
Cuba para presenciar lo que en toda ley serían los días finales de Fidel
Castro. El veterano dictador caribeño había aceptado recibir al Papa
Juan Pablo II en una histórica visita y no pocos analistas lo veían como
preludio de los cambios que vendrían. No en balde el Papa polaco había
tenido también papel relevante para apoyar las transiciones
postcomunistas de Europa del Este. Hace pocos años este autor español
falleció mientras viajaba por Tailandia pero nos dejó, entre otras
tantas obras, una suerte de diálogo a dos voces sobre el presente y
porvenir de Cuba titulado Y Dios entró enLa Habana. Como es sabido, Juan
Pablo II murió sin ver los cambios en Cuba, Fidel Castro dejó el poder
pero su hermano Raúl lleva con mano de hierro una muy suave transición
político-económica, con el apoyo financiero de nuestro gobierno.

Volvamos a La soledad del manager.

En esta novela, Vásquez Montalbán construye una historia sobre el poder.
Es la historia de un asesinato, como debe ser, puesto que se inscribe
dentro del género de novela negra. Un hombre aparece muerto con unas
pantaletas de mujer en el bolsillo, ante esto la viuda encarga la
investigación del caso a un "huelebraguetas" gallego, un detective
privado de complejo pasado: aparece en escena el inolvidable personaje
Pepe Carvalho. Lo que parecía ser un ajuste de cuentas sexual se
convierte en un ajuste de cuentas político que tiene como fondo la
sociedad española a medio camino entre la muerte de Franco y el intento
de consolidación democrática. Se trata a fin de cuentas de una
transición política.

Acá llegamos al punto central del período que estamos viviendo en Venezuela.

En el país está en marcha una transición y eso no es sinónimo,
necesariamente, de un triunfo electoral de la oposición, ni menos de que
se esté deseando la muerte del mandatario. Un signo distintivo, producto
de la enfermedad del presidente Chávez, ha sido el cambio en la forma en
que se ejerce simbólicamente el poder.

Durante más de una década tuvimos a un mandatario que se distinguía por
la presidencia mediática, así lo evidenciamos en una investigación
doctoral desarrollada en la Universidad Simón Bolívar. El presidente
Chávez, con sus largas y repetitivas intervenciones televisivas, estuvo
consolidando un modelo de gobierno que tenía como pivotes dos aspectos:
su propio personalismo y una alta exposición en medios, especialmente la
televisión por la conexión cercana que este medio permite tejer con las
audiencias.

Con estas prácticas en el ejercicio del poder se fue desdibujando el
papel de ministros y altos colaboradores. Simbólicamente eran
presentados como meros mandaderos, quien en realidad tomaba todas las
decisiones era el Presidente. Los ministros le rendían cuentas ante el
país de decisiones que también se habían tomado en vivo y directo. Esta
presidencia, grosso modo, en materia de políticas públicas, desarrolló
una dinámica que denominamos de decisionismo mediático. Las distintas
facetas que componen, clásicamente, una política pública terminaron
reducidas a dos ámbitos: el diagnóstico del problema (hecho por el
propio jefe de Estado) y el anuncio de políticas, generalmente asociadas
al desembolso de fondos para obras, planes, misiones, etcétera. Con el
fuerte personalismo que ha caracterizado a este gobierno, lógicamente,
los anuncios, la entrega de plata, la protagonizaba directamente el
mandatario. Se borró de la práctica oficial la evaluación y medición del
impacto de los proyectos.

De unos meses para acá nada de eso caracteriza la dinámica
gubernamental. El Presidente habla por aquí, por allá, cuida su salud y
por tanto no se encadena largamente, tampoco ninguno de sus
colaboradores se atreve a lanzarse una cadena. El programa ícono de la
gestión comunicacional, Aló, Presidente, desapareció y no hay versión
oficial de cuándo volverá al aire; en caso de que vuelva a salir, muchos
dudan que tenga la larga duración de otrora.

Hoy lo que tenemos es a un jefe de Estado recluido en el Palacio de
Miraflores.


Está solo, en la medida en que no puede salir a encontrarse con las
masas, con el pueblo. Los otrora mandaderos ahora deben dar la cara
públicamente, pero ninguno de ellos tiene la estatura de vocero público
de alto nivel, salvo ­debe decirse­ Nicolás Maduro. Si nos guiamos por
las protestas, el descontento está creciendo. No lo protagoniza, por
cierto, la oposición. Muchos de los que han creído en sus promesas
quieren decirle directamente al Presidente lo que no se está haciendo,
contarle de los anuncios que sólo se quedan en eso. Pero el manager está
en su soledad.

http://www.analitica.com/va/politica/opinion/5638079.asp

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