Héctor Lucena
Martes, 15 de noviembre de 2011
Las reformas laborales y de la Seguridad Social son temas noticiosos.
Implican impactos en todos los ámbitos de la vida de una nación.
Los impactos directos llegan a la población trabajadora del sector
formal, así como de los empleadores públicos y privados. Menores o
ningún impacto llegan a los grandes contingentes de personas de la
informalidad.
Así como han de valorarse y reconocerse los impactos que inciden en la
vida de los trabajadores y sus familiares, también es importante tener
presente los impactos en el funcionamiento de las organizaciones
públicas y privadas. Se entiende que la calidad de vida de los
trabajadores y sus familiares está ligada a lo que el país produce y
construye. Y muy importante y determinante, el cómo se distribuye todo
aquello.
La nación es poseedora de una riqueza que le sirve para producir los
bienes y servicios necesarios para su bienestar. De esa riqueza global,
parte deriva de la propiedad que pertenece al Estado y otra parte
proviene de la propiedad privada. Con la primera se produce un treinta
por ciento del producto interno bruto, y con la segunda un setenta por
ciento. Es importante destacar que en la construcción del porcentaje del
sector público, una parte importante se logra extrayendo y agotando
recursos primarios no renovables, tales son los casos de petróleo,
hierro y aluminio.
Estas consideraciones sugieren que el compromiso de discutir reformas
laborales y de la seguridad social, pasan necesariamente por ligar este
debate y análisis con el funcionamiento y ordenamiento de la vida
productiva e institucional del país.
El planteamiento anterior descansa en el hecho de que con la
institucionalidad presente, la que hoy tenemos, hay una realidad que
permite y facilita evaluar que tanto ella se materializa en su
cumplimiento y las explicaciones que correspondan. Que si por un lado,
se reconocen y observan la existencia de desigualdades entre los
diversos sectores productivos y laborales, que se traducen y manifiestan
en que unos trabajadores están en mejor situación en su calidad de vida
tanto en el trabajo como en el tiempo reproductivo con relación a otros.
Así como por otro lado se reconoce la existencia de densos sectores para
quienes las institucionalidades de la protección laboral y de la
seguridad social no les dicen absolutamente nada.
En función de lo anterior, hay sectores y actividades en donde quienes
ahí laboran trabajan mucho y ganan poco, así como lo contrario, hay
quienes poco trabajan y ganan mucho; igualmente se observan situaciones
laborales en donde hay un equilibrio entre el esfuerzo y las compensaciones.
Hay que destacar que en las dos primeras situaciones extremas no
necesariamente siempre es un tema de más o menos formación y/o educación
formal. No por azar somos una sociedad con un alto grado de desigualdad.
Simplemente esto se aprecia mirando la topografía y fachadas de la
vivienda de nuestras ciudades y pueblos, así como mirando los centros de
consumo sofisticado.
Una realidad de tal grado de contraste como la planteada, obliga a
formularse preguntas. ¿Cómo resolver el problema? Es un debate
interesante que ha de acompañar una reforma laboral; es decir, si se
trata de abarcar el gran problema de la población desprotegida, conviene
encarar el asunto no sólo en función de la población ya protegida, sino
pensar en reformas del mercado laboral, que atiendan a esa mitad de la
población trabajadora a la que no le llega la tutela y sus ventajas, o
que, a lo sumo le llegan muy contados aspectos.
Se espera que este nuevo momento de mención de la Reforma Laboral y de
la Seguridad Social que está en el ambiente, en las propuestas no eludan
ver el país en su integridad, tanto en la diversidad de los trabajadores
y de las unidades productivas, así como en la responsabilidad estatal en
armonizar la diversidad y su propia condición de patrono que ha de ser
modelo de cumplimiento.
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