Alexis Márquez Rodríguez
Miércoles, 24 de agosto de 2011
El Fraude es derrotable, como lo ha sido en dos ocasiones anteriores,
en que la oposición ha obtenido una definida mayoría. Las condiciones
esenciales para ello son dos, nada difíciles de garantizar. Una es la
presencia de testigos en todas las mesas de votación, avispados y bien
instruidos sobre su función fiscalizadora. La otra, primordial, es una
votación absolutamente mayoritaria.
Que en todos los procesos electorales bajo la presidencia de Chávez ha
habido fraude es una verdad irrefutable. Incluso en los que la oposición
ha ganado. Pero hay diversas tipos de fraude. El más simple, y en el que
todo el mundo piensa, es el aritmético, que consiste en alterar las
cifras finales de las elecciones para darle el triunfo al gobierno,
aunque haya perdido. Ocurrió en 1952, en la elección de Asamblea
Constituyente convocada por la dictadura militar de Pérez Jiménez.
En esa ocasión, a medida que se iban dando los boletines oficiales se
iba percibiendo el triunfo de la oposición, por lo cual el dictador, al
tercer o cuarto boletín ordenó que no se diesen más, y al final se le
asignara más votos al gobierno. A ello se negaron el presidente del
Consejo Supremo Electoral, Dr. Vicente Grisanti, y algunos más de sus
miembros, que prefirieron renunciar. Para consumar el fraude hubo que
nombrar otros.
El fraude ahora ha sido distinto. Lo que se ha hecho es adulterar el
registro electoral, a fin de asegurar una mayoría de votantes a favor
del gobierno, mediante, por ejemplo, la inscripción de extranjeros
afectos al régimen, en especial cubanos, colombianos, árabes y de alguna
otra nacionalidad. O algunas otras formas de manipulación del registro
con el mismo propósito.
Para ello, por supuesto, se ha debido contar con un Consejo Nacional
Electoral incondicionalmente favorable al gobierno, designado de manera
ilegal, contrariando las normas destinadas a asegurar la pulcritud e
imparcialidad de dicho Consejo.
En tales condiciones es explicable que miles de personas rechacen ir a
elecciones, convencidos de que con semejante Consejo es imposible
ganarle al gobierno. Muchas de esas personas piden a la oposición que
exija el nombramiento de un nuevo CNE de probada imparcialidad,
condición imprescindible para concurrir a las elecciones. Petición
ingenua, pues el nombramiento de un nuevo CNE corresponde a la Asamblea
Nacional, actualmente bajo férreo control chavista, y aunque para ello
requiera una mayoría calificada que no tiene, de alguna argucia se
valdría para que un supuesto nuevo CNE siga siendo incondicional de Chávez.
No obstante, semejante fraude es derrotable, como lo ha sido en dos
ocasiones anteriores, en que la oposición ha obtenido una definida
mayoría. Las condiciones esenciales para ello son dos, nada difíciles
de garantizar. Una es la presencia de testigos en todas las mesas de
votación, avispados y bien instruidos sobre su función fiscalizadora.
La otra, primordial, es una votación absolutamente mayoritaria, masiva,
una gran votación que, por su número, no pueda ser fraudulentamente
desconocida.
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