Roberto Giusti
Miércoles, 24 de agosto de 2011
Ni tan feroz, ni tan dictador, ni tan temido como el ahora prófugo
Moamar Gadafi, quizás sólo se le parece en su apego al poder, en las
concesiones a ciertas compañías trasnacionales y en la entrega del 40%
de la Faja Petrolífera bajo la figura de las empresas mixtas
Si algo ha demostrado el presidente Chávez a lo largo de su
convalecencia es lealtad con sus amigos. Pese a que, previamente, movido
únicamente por intereses individuales y pragmáticos, dejó en la estacada
a sus aliados de las FARC para privilegiar sus relaciones con la que
hasta hace poco denominaba "oligarquía colombiana" y "el imperio
norteamericano" (todavía acude al latiguillo), su mecanismo de alta
fidelidad con un tirano en desgracia, como Moamar Gadafi, ha llegado
hasta el mismísimo final del opresor régimen libio.
"Larga vida a ti, Moamar, larga vida a Libia, vivirás y vencerás",
exclamaba hace apenas dos semanas y ayer, cuando los rebeldes tomaban
Trípoli a sangre y a fuego, acusó a "los gobiernos democráticos" de
Europa y de Estados Unidos de estar cometiendo una masacre con el
objetivo de tomar el país y su riqueza petrolera".
En realidad hay que ser muy valiente o astuto para manejar, con sentido
de la estrategia e instinto de conservación, la defensa de una de las
más sangrientas, feroces y prolongadas dictaduras de los últimos tiempos
en su hora final. Valiente porque serán muy pocos quienes respalden
tamaña desmesura cuando aún no se ha determinado la magnitud, en daños a
la humanidad, causados por quien, en los últimos años (eso también hay
que decirlo) contó con la buena pro y la mirada benévola de los poderes
occidentales. Sentido de la estrategia e instinto de conservación porque
Chávez pretende equipararse con su hermano Gadafi y advierte que también
el "imperialismo yanqui quiere desestabilizar el país (Venezuela) para
intervenirlo" al estilo de Libia y de Siria.
Olvida que ya hace tiempo el petróleo libio estaba siendo explotado,
sobre todo por las grandes trasnacionales y que allí operó un proceso de
privatización en beneficio de empresas francesas e italianas, emprendido
por Gafadi a partir del 2003. De manera que así como pretende sacarle
provecho a su enfermedad, ahora hace bueno aquel refrán ("del ahogado el
sombrero") e intenta, en vano, colocarse a la altura de un Gafadi que lo
deja pequeño en todos lo sentidos.
Ni tan feroz, ni tan dictador, ni tan temido como el ahora prófugo
Moamar Gadafi, quizás sólo se le parece en su apego al poder, en las
concesiones a ciertas compañías trasnacionales y en la entrega del 40%
de la Faja Petrolífera bajo la figura de las empresas mixtas. Así que no
habrá desembarcos en Puerto Cabello, bombardeos sobre Maracaibo, ni
mucho menos combates en la Costa Oriental del Lago o en los pajonales de
Monagas, donde el crudo venezolano espera el zipotazo de la garra
codiciosa del imperialismo. Habrá, sí, elecciones. Y a los resultados de
éstas es a lo que se le teme.
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