Sergio Ramírez
Martes, 18 de octubre de 2011
La idea de perder estas lecciones, o cualquiera otra que venga en el
futuro, no está en la mente de quienes tienen hoy el poder y que ejercen
en nombre de una revolución falsa, porque la verdadera dejó de existir
hace tiempos
Las elecciones presidenciales que se avecinan en Nicaragua, fijadas para
el domingo 6 de noviembre, puede que sean las más inverosímiles del
mundo. Anormales, aunque el secretario general de la OEA, que estuvo de
visita hace poco en Nicaragua, las vea normales, y aún más, juzgue el
proceso electoral en curso como parte del avance democrático en América
Latina.
Comienzo a explicar por qué se trata de unas elecciones
inverosímiles. En primer lugar, el comandante Daniel Ortega se presenta
otra vez como candidato a la presidencia, a pesar de la prohibición
expresa de la Constitución Política, solventada de manera ilegal con una
resolución de la Corte Suprema de Justicia, cuyos magistrados son fieles
al presidente y candidato; esta resolución fue de inmediato convalidada
por las magistrados del Consejo Supremo Electoral, que se ufanan de la
misma fidelidad incondicional.
Cuando una contienda se da en términos de absoluta
desigualdad, estando una de las partes en indefensión frente a la otra
que hace uso de todas las ventajas, sin cuidarse de que esas ventajas
sean ilegales, en Nicaragua decimos que se trata de una pelea de burro
amarrado contra tigre suelto. Esto es lo que son estas elecciones. El
comandante Ortega se propone contar él mismo los votos a través de los
jueces electorales incondicionales suyos, y el aparato electoral está en
manos de sus partidarios.
Pero eso no es todo lo que tienen de inverosímiles estas
elecciones. Nunca ha habido una campaña electoral más desigual. Decenas
de millones de dólares de los créditos blandos que provienen del
convenio petrolero con Venezuela, que son recursos del estado, han sido
usados para comprar, equipar y remozar al menos cinco canales de
televisión y decenas de estaciones de radio que cantan día y noche las
loas al candidato oficial, y esos recursos financian también gigantescos
avisos en calles y carreteras, gorras, camisetas, banderas, y el
alquiler de centenares de medios de transporte para acarrear
manifestantes. Por eso cada fin de semana la ciudad de Managua se queda
sin la mayoría de los autobuses del transporte público.
El tigre suelto, millonario en recursos, no perdona al burro amarrado,
porque el aparato oficial de campaña también usa los vehículos de los
ministerios del estado para estas movilizaciones, aún ambulancias del
sistema de salud. Y aún más que eso. Esos mismos recursos sirven para
donativos y regalos que se hacen los potenciales votantes, desde láminas
de zinc para techos y paquetes de comida, hasta un parque de diversiones
gratuito instalado en Managua.
Un amigo, compañero de mis años en la universidad, y escéptico por
naturaleza, me pregunta en un correo electrónico si es que pienso ir a
votar en estas elecciones inverosímiles, si ya está decidido de antemano
que el comandante Daniel Ortega va a ganar. ¿Ir a votar no es legitimar
la ilegalidad? ¿No es legitimar el pacto entre Daniel Ortega y Arnoldo
Alemán, que sigue más vivo que nunca, al punto que éste último es
candidato, aún a sabiendas de que se haya en la cola de las encuestas y
no puede ganar? Un candidato de zacate, como se dice también en buen
nicaragüense, que sólo está en las papeletas para dividir, y favorecer
la reelección del comandante Ortega.
Me dice mi amigo, además, que lo único que no está decidido todavía es
cuántos votos le van a adjudicar a cada partido contendiente, aunque de
una cosa sí está seguro, de que el partido de gobierno tiene la
maquinaria aceitada para fabricar la mayoría necesaria en la Asamblea
Nacional, que le permita sustituir la actual Constitución Política, y
abrir las puertas de la reelección presidencial indefinida. Y es más. No
sólo abrir las puertas a la reelección sin fin, sino a un estado
antidemocrático, con un ejército y una policía sujetos a la voluntad del
caudillo.
En todo eso estoy de acuerdo con mi amigo. Y creo que la situación es
aún más grave, porque no se trata nada más del muy probable fraude de
las elecciones que vienen, como el que hubo en las elecciones
municipales del 2008. Se trata de que en Nicaragua la democracia está en
peligro de muerte. El comandante Tomás Borge, al proclamar al comandante
Daniel Ortega como candidato presidencial a comienzos de este año, dijo
textualmente: "la revolución es fuente de derecho y sus posiciones son
legítimas y justas más allá de lo formal y lo concreto. Si estamos en
una revolución, debemos seguir… por eso la determinación del máximo
órgano de este país (la Constitución) es injusta…la máxima legitimidad
la tiene la voluntad popular".
La idea de perder estas lecciones, o cualquiera otra que venga en el
futuro, no está en la mente de quienes tienen hoy el poder y que ejercen
en nombre de una revolución falsa, porque la verdadera dejó de existir
hace tiempos. Además, las elecciones son sólo un trámite molesto que hay
que cumplir, pero apenas sea posible, este trámite va a desaparecer,
hasta que quedemos en el ya viejo y obsoleto partido único. Ya el propio
comandante Ortega lo ha dicho, que las elecciones sólo sirven para
dividir, y que si tuviéramos un solo partido en Nicaragua, viviríamos en
concordia y armonía.
Por todo eso, le respondo a mi amigo, es que hay que estar en la fila el
domingo 6 de noviembre para votar. Quedarse uno en su casa el día de las
elecciones, es no sólo resignarse al fraude, sino bendecirlo. Y bendecir
el pacto, porque Ortega y Alemán estarían felices con la abstención, ya
que se podrán repartir el pastel a su gusto.
La democracia está en peligro de muerte en estas elecciones tan
inverosímiles, y tan anormales, y precisamente por eso no hay que
abandonarla. La democracia ha costado sangre y sacrificio, muchas vidas
que se entregaron para librarnos de la dictadura de Somoza. Tenemos que
luchar para no caer en otra, y el voto es el arma que tenemos a mano.
Si salimos a votar masivamente todos los que queremos vivir en
democracia y en libertad, podemos levantar un muro contra el fraude y
derrotarlo, ese fraude que a su vez nos llevaría a una reelección
ilegal, y de allí a la institucionalización de un estado antidemocrático
en el que la figura del caudillo, tan funesta a lo largo de nuestra
historia, quedaría entronizada otra vez.
Xalapa, Veracruz, octubre 2011.
www.facebook.com/escritorsergioramirez
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