Juan Carlos Zapata
Martes, 8 de noviembre de 2011
En ese juego de poder, Chávez prefiere a Odebrecht. Y a Chevron-Texaco.
Y a los chinos. Y a los rusos. Y a un banco portugués. Y a unos cuantos
capitalistas argentinos. Estos sí que son empresarios amigos.
Cada vez se ofrecen pistas más contundentes que obligan a considerar que
la destrucción de la propiedad privada en Venezuela es una estrategia
del poder por el poder.
Aquello del socialismo y los socialistas desprendidos, sin dinero, sin
lujos, sin acumulación de capital, sin egoísmos, muy humanos y
humanistas, se antoja como una cortina de humo para justificar la
arremetida. Para justificar el discurso. Para barnizar la naturaleza del
régimen y el poder chavista. Para que aquende y allende la frontera haya
más de uno confundido. Cuando el fondo verdadero es la permanencia en el
poder.
Se los dijo el ex-presidente Lula a los 4 empresarios que se reunieron
con él en su última visita a Caracas: Chávez considera que los
empresarios venezolanos son sus enemigos. De ahí que lo afirmado por un
empresario sobre el control de precios, el control de cambios, el
esquema económico, el uso de los recursos petroleros, pase de ser una
simple opinión a una declaración de guerra. Y de allí que también la
preferencia de cualquier empresario por una opción político-partidista
diferente al chavismo, es vista por el caudillo Chávez como parte de un
pl an conspirativo.
De modo que para curarse en salud y garantizarse la reelección
indefinida, mejor cortar de raíz el mal. Y éste no es otro que la
propiedad privada. La local. Sospechosa a todo evento.
Se trata en verdad de una postura que busca eliminar al empresario
nacional, más si a éste lo acompaña el éxito y la tradición y, si por
demás, piensa diferente, sostiene una opinión distinta, expresa ideas
propias y hasta se atreve a disentir.
En ese juego de poder, Chávez prefiere a Odebrecht. Y a Chevron-Texaco.
Y a los chinos. Y a los rusos. Y a un banco portugués. Y a unos cuantos
capitalistas argentinos. Estos sí que son empresarios amigos. El
Gobierno interviene a los constructores locales y anuncia que traerá
constructores del Brasil para apurar la Misión Vivienda. Los extranjeros
no opinan en lo interno. Pese a que en aquella reunión con Lula,
Odebrecht fue el anfitrión.
Hay que fijarse que cuando Ricardo Fernández Barrueco y otros grupos
aliados de boliburgueses se hacían grandes y se metían en política y en
decisiones gubernamentales hasta criticar, por ejemplo, el control
cubano sobre las importaciones de alimentos, entonces dejaron de ser
"amigos" del Gobierno. Y no es casual que a partir de allí se decreta el
derrumbe de todos esos grupos.
O sea, fueron condenados no por boliburgueses ni bolicapitalistas sino
por asomar la nariz y convertirse en estorbo para ciertos intereses del
poder, o aspirar a una cuota de poder. Hay que recordar que Carlos
Kaufman y Franklin Durán no cayeron en desgracia por boliburgueses sino
por el maletín de los 800.000 dólares en Buenos Aires y la seguidilla de
errores en Miami. Cuando el régimen se ensaña contra el general Raúl
Baduel no lo hace por las tierras y el ganado- esa fue la excusa- sino
porque el ex-ministro y jefe militar comenzó a cuestionar el rumbo del
proyecto.
Si fuese sincero el discurso anticapital, entonces al menos 30
ex-bolifuncionarios y bolifuncionarios del régimen chavista no gozarían
impunemente ni del poder ni del dinero acumulado entre 2003 y 2011. Y lo
cumbre es que siguen acumulando. Tan eficiente el servicio cubano de
inteligencia, no debe ignorar tales nombres. Lo que los protege es que
esos personajes siguen siendo leales. Son bolimillonarios,
boliburgueses, pero leales. Aún le sirven al régimen. Y no son mal
vistos pese a los aviones, los caballos pura sangre, las inversiones
inmobiliarias, la fincas, el ganado vacuno, las cuentas en dólares, en
euros y libras y los lujos y los viajes que disfrutan. El resto,
entonces, es puro discurso. Para los incautos.
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