Manuel Malaver
Lunes, 7 de noviembre de 2011
Cuatro líderes democráticos que como tales, se someten al veredicto de
que sea el pueblo quien los postule para las presidenciales, que ya han
dicho que no quieren nada con la reelección, que gobernaran con y para
toda Venezuela
Hubo un tiempo (años 2001-2003), cuando la oposición venezolana fue
saludada en el exterior "como la mejor oposición del mundo". Y otro,
(2004-2006), cuando pudo ser etiquetada "como la peor".
Diferencia que, en el primer caso, fue marcada por una creciente,
cuantiosa e inagotable movilización de calle, y en el segundo, por un
regreso a la tranquilidad familiar que permitió que se perdiera todo lo
que había ganado, y que Chávez recobrara todo lo que había perdido.
La movilización de los "años dorados", en efecto, no se acompañó con las
políticas democráticas que prepararan la derrota de la autocracia en las
presidenciales del 2006, sino que más bien, fue fragmentada en brotes y
estallidos que, al desafiar a Chávez en el terreno en que mejor podía y
sabía defenderse, la violencia, tenían que conducir a la derrota.
Inscribo el "11 de Abril" y "el Paro Petrolero" del 2002, así como el
"Referendo Revocatorio del 2004, y el llamado a "la abstención en las
parlamentarias de finales del 2005", en estas impaciencias que,
milagrosamente, no significaron que el chavismo se entronizara en el
poder en una duración monstruosa tipo Corea del Norte o la Cuba de los
hermanos Castro.
Entretanto, Chávez y los suyos, aprovechaban el tiempo de la
"indignación" oposicionista para recuperar entre los más pobres los
puntos que había perdido durante los años en que, incluso, salió
momentáneamente del poder, y con agresivas políticas sociales que una
veces llamó "misiones", y otras "simples traslados de recursos líquidos
a los sectores más vulnerables de la población", volvió a recuperar los
porcentajes de popularidad que tuvo cuando comenzó su mandato (un 70 por
ciento).
Pero las peores consecuencias de los errores de los demócratas, no se
vieron sino cuando procedió a "limpiar" la FAN de oficiales militares
institucionalistas, llevó a cabo una escabechina en PDVSA que despidió a
25 mil trabajadores no afectos al régimen, fue controlando, lenta pero
implacablemente, medios audiovisuales privados independientes que hasta
hacía poco lo habían adversado, y convirtiendo en herramientas de la
autocracia a los poderes públicos (CNE, TSJ, AN, Fiscalía y Contraloría
General de la República) que desde entonces pasaron a ser sus "paredones
de fusilamiento legales" para ir reduciendo, minimizando y
desapareciendo a la oposición.
También puso fin a la libre convertibilidad del bolívar con un férreo
control de cambio, y variables como los precios y los costos de
producción pasaron a ser instrumentos políticos para ahogar el
capitalismo privado e imponer el estatal.
O sea que, todo lo que en un sentido ortodoxo no podía llamarse sino un
sistema comunista "en tránsito", o "desovación" que, con el control de
la economía a través de la fijación de los precios, la manipulación de
los mercados y los límites a la propiedad, no podía sino derivar en un
totalizante predominio político con cuyo empuje la luz de la oposición
se fuera apagando.
No sucedió así, sin embargo, y ya para el 3 de diciembre del 2006,
cuando se realizan las elecciones presidenciales que debían decidir si
Chávez era reelecto o entregaba el poder a otro venezolano, el candidato
de la oposición, Manuel Rosales, se alzó con casi el 45 por ciento de
los votos.
Siguió otra batalla electoral, la del "Referendo para la Reforma
Constitucional" del 3 de diciembre de 2007, y aquí si el gobierno (y aún
la oposición) se llevaron una mayúscula sorpresa: el "NO" opositor
(50,65 por ciento), derrotó al "SI" del oficialismo (49, 34 por ciento).
Y siguió el arrollamiento en las elecciones para gobernadores y alcaldes
del 23 noviembre del 2008, con la oposición constituyéndose en mayoría
electoral al barrer en casi todas las alcaldías de Área Metropolitana de
Caracas, y ganando en 6 de los estados más poblados del país (los que
constituyen casi el 60 del patrón electoral); y quitándole la mayoría
calificada al chavismo en la Asamblea Nacional en las parlamentarias del
26 de septiembre del año pasado, aumentando, por esa vía, sus ventajas
y reduciendo las del gobierno, para darle un cambio de rumbo al país en
las elecciones presidenciales del año próximo.
Es, para graficarlo en términos lúdicos, la partida electoral que la
oposición inicia con las mejores posibilidades de imponerse, y no solo
porque se repetirá la tendencia de recuperación democrática que viene
dándose desde el 2006, sino porque se enfrenta a un chavismo obeso,
agrio, desgastado, cansado, rancio, caduco y sin otro mensaje para el
electorado que la destrucción a que ha conducido a Venezuela después de
13 años de socialismo chavista, petrolero y saudita.
Un país sin servicio eléctrico regular, con autopistas, carreteras y
caminos vecinales colapsados, sin agua y con un mar de basura que inunda
calles, frentes y hasta el interior de los hogares, sin escuelas ni
centros de salud funcionales, inflación del 35 por ciento anual,
desabastecimiento, con una inseguridad personal que cobra más de 20 mil
víctimas al año, corrupción creciente, generalizada e impune,
narcotráfico sin control y punta de lanza de la delincuencia organizada
y aliado de estados y grupos políticos calificados por la comunidad
internacional "como fallidos y terroristas".
Para colmo, con el que fue su comandante en jefe, guía máximo y
conductor supremo, vapuleado por una salud en deterioro creciente e
irrecuperable, agrietado, y más allá de lo que pueda pensar y desear,
despidiéndose de los tiempos que dilapidó jugando al "heroecito" y
tratando de imponerle al país un sistema político y económico
anacrónico, inviable e inútil.
Del otro lado, de la oposición democrática, cuatro jóvenes, con promedio
de edades que no traspasa los 45 años, con experiencias como
funcionarios públicos electivos y exitosos, o como María Corina Machado,
curtida en una gestión pública que le ganó un sitial en el corazón de
Venezuela como directora-fundadora de SÚMATE; y todos con enorme
vocación social, probados en su solidaridad con los más vulnerables y
los que menos tienen, y dispuestos a rescatarlos del infierno de
dádivas, caridad parroquial y pensiones a cambio de votos, en que los
ha hundido Chávez.
Son cuatro: Enrique Capriles Radonski, Pablo Pérez, María Corina Machado
y Leopoldo López, y que, si la legalidad me lo permitiera, podría votar
por todos, aunque claro, lo haré por uno.
Pero podría ser por la visión estructurada que del futuro del país
maneja, Enrique Capriles Radonski, su manera de acercarse a la misma,
sin petulancia ni soberbia, sino más bien pensando en un esfuerzo donde
él no sería sino otro obrero.
O la franqueza de brazos abiertos y sin trabas de Pablo Pérez,
impaciente por compartir sus experiencias como alcalde de Maracaibo y
Gobernador del Zulia y recibirlas de otro, de origen intrínsecamente
popular y como tal angustiado de que sus políticas lleguen a los
sectores de los cuales proviene, sin barniz intelectual ni de cualquier
otra hipostasión y dejando siempre la impresión de que, no solo es un
buen tercio para compartir un cafecito colocado, sino también para
hacerlo, sembrarlo, cosecharlo y molerlo.
María Corina Machado, mi amiga, con quien, incluso, peleé en el programa
de noticias de la mañana de la irreemplazable RCTV que conducía, Luisana
Ríos, al otro día de conocerse los resultados de las parlamentarias del
26 de septiembre del año pasado donde arrasó, cuando me reclamó que no
la había apoyado, que la había dejado sola, y no era que no la había
apoyado, sino que dije que me parecía difícil, sino imposible, que
ganara por su solo prestigio, derrotando a las maquinarias de "Primero
Justicia", "AD", "UNT" y la en ciernes "Voluntad Popular"…!Y lo hizo!.
Y Leopoldo López, a quien he perdido de vista en los últimos tiempos,
sin duda que por los meses que pasó en el exterior defendiendo su causa
de la inhabilitación inconstitucional que le ha impuesto el gobierno y
que tiene todas las credenciales para convertirse el 12 de febrero
próximo, no solo en una sorpresa para el gobierno, sino para toda la
oposición.
Cuatro líderes democráticos que como tales, se someten al veredicto de
que sea el pueblo quien los postule para las presidenciales, que ya han
dicho que no quieren nada con la reelección, que gobernaran con y para
toda Venezuela y siguiendo los paradigmas, conceptos y principios del
tiempo que les tocó vivir y no de filosofías sacadas de los baúles del
siglo XIX.
Y en frente, una atmósfera no distinta al laboratorio del doctor
Frankestein, y donde con artilugios seudocientíficos y menjurjes, rezos
y milagros de la peor brujería, tratan de mantener a flote una realidad
que ya murió y solo espera porque se le dé cristiana sepultura.
¡Paz a sus restos!
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