Freddy Lepage Scribani
Sábado, 3 de diciembre de 2011
Ojalá no sea como el caballo de Atila que, según la leyenda, por donde
pisaba no volvía a crecer la hierba. Sin embargo, las ambiciones del
teniente coronel, convertidas casi en una obsesión vesánica, de hacer de
esta tierra de gracia un estercolero de atraso, miseria, pobreza.
Hay varias cosas que traen a Chávez de cabeza. En estos días, a pesar de
su enfermedad, se encuentra hiperactivo, se podría decir que repartiendo
palos de ciego a diestra y siniestra o, mejor dicho, arremetiendo contra
todo y contra todos, buscando réditos electorales, pues. De hecho,
Chávez, ha estado en una campaña electoral permanente desde que llegó al
poder. Vive en una inmutable inseguridad que lo mantiene en un infinito
equilibrio inestable.
Esta constante marca sus decisiones de gobierno, sin que le importen las
consecuencias que puedan tener para el presente y el futuro del país.
Eso como se dice popularmente, le resbala. Y, a este paso, sin pausa, va
destruyendo lo que queda de la economía nacional y de las instituciones,
en aras de un comunismo desfasado que pretende emular pero no puede,
claro está a la anquilosada dictadura cubana de los hermanos Castro.
¡Qué más quisiera él, sino que la sociedad venezolana se rindiera ante
su tentación totalitaria! Se ha transformado en una especie de rey Midas
al revés: todo lo que toca lo destruye.
Ojalá no sea como el caballo de Atila que, según la leyenda, por donde
pisaba no volvía a crecer la hierba. Sin embargo, las ambiciones del
teniente coronel, convertidas casi en una obsesión vesánica, de hacer de
esta tierra de gracia un estercolero de atraso, miseria, pobreza y
desesperanza tropiezan con obstáculos que serán difíciles de sortear,
siempre y cuando la gente se le enfrente de manera decidida, dejando a
un lado las evasiones escapistas.
Los ataques a la empresa privada (generadora de empleos y de bienes y
servicios de consumo) se multiplican por doquier. Ya no le bastan las
invasiones dirigidas y la confiscación de fincas productivas, las
expropiaciones arbitrarias de empresas en pleno funcionamiento y las
reiteradas amenazas de tomarlas por la fuerza si no acatan, sumisamente,
sus arbitrariedades.
Chávez delira por un país donde el conjunto de la economía sea
controlada por el Estado. Donde el Estado sea dueño de todo. Donde todo
lo que se produzca tenga la impronta de su revolución de pacotilla.
Donde nadie se atreva a contradecirlo y, mucho menos, desacatar sus
órdenes. En fin, un país aherrojado por el pensamiento unidimensional,
uniforme y totalitario de los déspotas mesiánicos. Un país sin voluntad
ni impulso creador. Un país de ciervos que, obligados o por decisión
propia, estén atentos a complacer los deseos de su amo. Aunque me tilden
de exagerado, ese es el camino que lleva Venezuela.
O, al menos, el que nos están imponiendo, a cal y canto, sin anestesia.
No obstante, y a pesar de los pesares, como suele ocurrir por estos
lares, conviven dos países. El de la realidad de todos los días: no "en
construcción", sino, "en destrucción"; dura, cruel, sin posibilidades de
salir adelante. Y el otro, el de los aprovechadores a quienes lo que les
importa es disfrutar, mientras puedan, de la piñata bolivariana. Su
grito revolucionario es: "Hacer dinero a como dé lugar", aquí no está
pasando nada...
Lo que venga después no es problema de ellos. Personifican una especie
de alegre comparsa, saben que, al final, saldrán en volandas a
refugiarse en Miami, despotricando del régimen que los amamantó y
"disfrutando" de los dólares que obtuvieron sin mayores esfuerzos. Eso
sí, siempre soñando con una gloriosa vuelta a la patria, o lo que quede
de ella...
En fin, la historia, como decía Marx, se repite primero como tragedia y,
después como farsa. Todavía estamos en la tragedia...
No comments:
Post a Comment