Isa Dobles
Martes, 20 de diciembre de 2011
Vamos ya, implacablemente, a otro año. Para los venezolanos, otro año
con el peso tenebroso de un poder absoluto que nos trata a todos como si
fuera el dueño de nuestras almas y destinos.
Un militar fuera de tiempo que llega cuando una agobiada democracia
provocaba un hartazgo insoportable , una rabia infinita. Ese fue el
caldo de cultivo de esta "revolución roja rojita". Quién hubiera
conocido, aún fugazmente, a Hugo Chávez como le conocí yo tras un telón
de teatro en un auditorium donde los cadetes elegían su reina, esperando
el momento de mover un taburetito para el micrófono, encontrarían muy
difícil personificarlo en este uniforme que a lo mejor diseña él mismo
en su afán de abarcar todos los espacios a su alrededor, de manejar
todos los hilos de las marionetas y aspirar todo el aire que permita
aunque sea una rendijita de libertad . Hoy está enfermo.
¿Cuán enfermo? Si nos guiamos por esa transformación física que no se
puede ocultar, no puede dudarse. Obsesivo, impaciente en esa
sublimización de si mismo que le es característico, hoy se abalanza
sobre su futuro incierto en una arremetida feroz que ratifica lo que se
ha ido acentuando en su rostro, en su mirada, en su voz. Porque como
cobrando todavía deudas amargas de otros tiempos, suma ahora ese
inesperado fallo que la vida le dio y que trata de burlar aún sabiendo
que en este juego siniestro del destino las cosas están marcadas y lo
humano es el sentimiento, el miedo, la impotencia, y lo único que da paz
es la paz de uno, esa que permite mirar a los ojos y dormir tranquilo.
Venezuela vive momentos muy, muy duros.
De su reserva moral, de la Venezuela que no ha firmado pactos
silenciosos ni vendido su alma, de la que no espera regalos ni traiciona
sus principios, depende su vida de Nación. NO se trata de Hugo Chávez
solamente. Están los que comprometidos o ambicionando el poder que
siempre obsesiona el canalla, los militares que han traicionado una y
otra vez a Venezuela olvidando y pisoteando su deber único de lealtad y
honor, los comprometidos con los vicios del poder, los indolentes que no
asumen su responsabilidad y traicionan a sus hijos en el servilismo y la
complacencia.
Esto que vemos todos los días no se puede seguir viendo. Esto que
vivimos no podemos seguir viviendo. El drama de una Venezuela azotada
por el vandalismo, sumida en el odio y la corrupción, asesinada en
cualquier esquina, desolada esperando recuperar el cuerpo de un ser
querido amontonado en la morgue, apoyando asesinos y terroristas, no
puede ser. Cada venezolano tiene una tarea por cumplir y es rescatar la
Venezuela que le permita trabajar y llegar a su hogar a besar a los
suyos, que pueda pensar y decir libremente su opinión, que no pase años
en una prisión por un capricho del poder enloquecido, que no sea
humillado y ofendido por el gobernante de turno en vil ventaja.
Nos toca luchar. Y ganar.
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