MaríaTeresa Romero
Martes, 6 de diciembre de 2011
Para el anfitrión Hugo Chávez y sus amigos del ALBA, la Cumbre de la
CELAC les trajo la bulla que esperaban pero muy poca cabuya. En efecto,
los micrófonos, reflectores y flashes de los medios se enfocaron en
ellos, en los rebeldes del continente, en sus posturas y propuestas
discordantes, siempre opuestas a las de la mayoría. Así lograron la
efímera atención mediática deseada.
Pasados los discursos grandilocuentes y antimperialistas de siempre (con
pocas excepciones, como los del presidente chileno Sebastián Piñera),
así como las cortesías o más bien hipocresías diplomáticas, ¿qué dejó
este "histórico" evento de presidentes latinoamericanos acuartelados y
sorprendidos por una guerra doméstica de cacerolazos y cohetazos?
Para el anfitrión Hugo Chávez y sus amigos del ALBA, la Cumbre de la
CELAC les trajo la bulla que esperaban pero muy poca cabuya. En efecto,
los micrófonos, reflectores y flashes de los medios se enfocaron en
ellos, en los rebeldes del continente, en sus posturas y propuestas
discordantes, siempre opuestas a las de la mayoría. Así lograron la
efímera atención mediática deseada.
Sin embargo, a la hora de la verdad, el ente no resultó como querían los
albistas. Ni es un bloque de integración con estructura, con
institucionalidad sólida, ni servirá para crear una unión
latinoamericana "alternativa" o "bolivariana" en contra de los EEUU.
Tampoco para sustituir a la OEA.
Para nada. Es más bien un grupo de consulta y concertación político
laxo, con una estructura mínima que, por ahora, mantendrá por consenso
su toma de decisiones y no tendrá ni sede ni Secretaría Permanente.
Esto significa que terminó imponiéndose el criterio sensato de los
miembros democráticos -con Chile y Brasil a la cabeza- y que la CELAC
nace como fue originalmente concebida en las reuniones de 2008 en Brasil
y 2010 en México, bajo la égida de los presidentes Lula Da Silva y
Felipe Calderón, cuando se plantearon refundar el Grupo de Río, que
tanto hizo a favor de la paz centroamericana en los 80.
Afortunadamente, pues, la Cumbre preservó el interés de la mayoría de
los gobiernos y pueblos latinoamericanos, quienes nos libramos de
mayores gastos en burocracia y de la institucionalización de una
plataforma de dominación ideológica y de desestabilización.
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