Ricardo Villasmil Bond
Domingo, 4 de diciembre de 2011
Más que esperar que el otro no sea un aprovechador, lo que tenemos es
que evitar ser una víctima.
Hoy en día cuesta decirlo en voz alta, pero no creo que deberíamos
satanizar al Fondo Chino como forma de financiamiento público. Tiene sin
duda muchas cosas malas: no son un hecho aislado, sino que se unen a un
largo cúmulo de denuncias en torno al manejo de los fondos públicos por
parte del Ejecutivo; no provienen del resto de los poderes del Estado;
no son admitidas ni procesadas como tales por las autoridades
competentes de acuerdo a derecho; y no pareciera ponerle freno a la
actuación del Poder Ejecutivo.
La satanización, sin embargo, ha llevado a cuestionar la operación como
tal, sin detenerse a pensar en las posibles ventajas que ella ofrece a
un país con necesidades financieras y con uno de los costos de
financiamiento más elevados del mundo. Venezuela no es el único país con
el cual China ha negociado acuerdos de este tipo, utilizando para ello
su gigantesca disponibilidad de recursos financieros para garantizar su
acceso a la enorme cantidad de materias primas que necesita para poder
darle continuidad a su expansión económica. Han sido muy controversiales
sus acuerdos en África para el abastecimiento de productos mineros,
aunque ese tipo de acuerdos quizá nos lleve a concluir que somos uno más
en la lista de países de cuya debilidad institucional se aprovechan los
chinos. Esta percepción, sin embargo, habría que contrastarla con el
hecho de que con Chile, por ejemplo, también firmaron un convenio
similar para abastecerse de cobre. Y de manera similar al caso
venezolano, el acuerdo también contempla la garantía con la producción
futura.
De todo esto surgen al menos dos grandes conclusiones. La primera es que
explorar negociaciones de este tipo con China tiene todo el sentido del
mundo porque tenemos necesidades complementarias. Y la segunda es que
cada negociación es un caso. Los términos alcanzados con Chile son
seguramente más justos que los alcanzados con países africanos. Los
chinos tratarán, como es natural, de obtener en cada negociación los
mejores términos posibles, quizás no siempre apegados a la ética que uno
desearía observar. Pero esperar otra cosa sería demasiado pedir. Más que
esperar que el otro no sea un aprovechador, lo que tenemos es que evitar
ser una víctima. Negociando con transparencia, profesionalismo y
firmeza. Pero negociando.
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