Luis Barragán J
Domingo, 4 de diciembre de 2011
Ya es costumbre protestar al gobierno nacional, procurando salvaguardar
a quien lo encabeza.
Una curiosidad de la década, propia de los regímenes de fuerza que,
inevitable, dejan ciertos espacios de libertad intentando sostener una
mejor imagen, aunque – por cierto – las autoflagelaciones revelan las
patologías generadas en su andar.
Los denunciantes del presente legarán a los estudiosos del futuro,
incontables materiales en la búsqueda incesante de respuestas respecto a
la sociedad que somos. Cualquier manifestación no escapará a los
historiadores, antropólogos, sociólogos o politólogos, por más modesta o
secundaria que diga ser.
En días recientes, el gremio de los hoteleros dejó suficiente testimonio
del drama que los aqueja, incluyendo a los damnificados que acogen.
Forzados, cumplieron con el llamado de emergencia de un gobierno
nacional que, simplemente, se desentendió de los damnificados también
representados en la rueda de prensa.
Digan lo que digan, raro el hotel de buen o mal prestigio que no alojó a
las familias afectadas por las lluvias. Ha transcurrido suficiente
tiempo y el Estado no ha respondido por ellas: mientras crece
astronómicamente el presupuesto de la Presidencia de la República, los
hoteleros deben mantener a esas familias inocentes, hacinadas en
reducidas habitaciones donde lavan y cuelgan la ropa, cocinan y realizan
otras actividades.
Los hoteleros subsidian al Estado, temiendo por el cierre o fracaso
definitivo de sus negocios que se traducirá en un mayor desempleo. No
reciben recurso alguno de compensación y, ha ocurrido, deben pagar
multas por el exceso de consumo eléctrico, por no citar algunas de las
vicisitudes delincuenciales que confrontan. Sin embargo, llama
poderosamente la atención la postura asumida por sus auxiliados.
En efecto, en la señalada rueda de prensa, la representación de los
damnificados condenó la irresponsabilidad e indiferencia del Estado,
consciente – además – de la escasez de cabillas y cemento, pero también
apurada en relevar de toda responsabilidad a Chávez Frías. Alegaron, la
situación le hace daño a la revolución y al señor presidente tan
pretendidamente inocentes como ellos.
Una de tres (o las tres): preservan la posibilidad – aunque sea remota –
de alcanzar una vivienda, por lo que reafirman su solidaridad con Chávez
Frías; conscientes de la realidad, esa solidaridad es frágil esperando
por una mejor alternativa; o, inevitable, la solidaridad es con el
gremio de los hoteleros que, al fin y al cabo, aún contra su voluntad,
los ha ayudado. Versamos en torno a una conducta política apegada a cada
una de las circunstancias vividas, objeto de una quizá fácil
manipulación gubernamental.
Aciertan aquellos que demandan la verificación de las cifras de
damnificados, a realizar por entidades tan acreditadas y respetables
como PROVEA, siendo pertinente un programa oficial de emergencia ante el
nuevo período de lluvias. Valga acotar, es en el terreno estadístico
donde resulta más peligroso el chavezato capaz de celebrar la
construcción de la vivienda número 100.000 aún cuando existen dudas
razonables en torno a una hazaña que no es tal.
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