Friday, December 23, 2011

Transición, justicia y perdón

Transición, justicia y perdón
Carlos Fernández Cuesta
Viernes, 23 de diciembre de 2011

No es un secreto que el antichavismo más duro configura la victoria de
la oposición como un mero ajuste de cuentas.

La nada improbable victoria de los factores democráticos reunidos en la
MUD y el consecuente desplazamiento del chavismo de la presidencia,
siguen dejando colgado en el vacío el tema de cómo se va a manejar la
aplicación de la justicia contra sus corruptos transgresores y el daño a
los DDHH y cuya importancia exige al menos un debate que dibuje los
caminos que se van a tomar.

No es un secreto que el antichavismo más duro configura la victoria de
la oposición como un mero ajuste de cuentas. Quienes miran así las cosas
son los que torcidamente registran la formidable fuerza del chavismo y
su existencia política organizada que representa al menos la mitad del
país, como un accidente circunstancial de nuestra historia, que se
disolverá, una vez que las autoridades democráticas se hagan de
Miraflores. Si alguna utilidad práctica tiene el arte de la política es
justamente resolver esta clase de problemas.

El escenario a presentarse no puede ser más indeseable y conflictivo
para un gobierno de transición. Se tratará de gobernar a una nación
escindida en dos mitades más o menos del mismo tamaño que será, le guste
o no a los más irritados, el resultado probable de un triunfo que de
darse lo hará con una votación muy ceñida del candidato de la unidad
democrática sobre el caudillo único.

La pretensión de creer y desear la exterminación del inmenso movimiento
chavista de materializarse su derrota en octubre, no sólo es una ciega
insensatez sino una muestra gráfica de exclusión, odio social y
desprecio por un adversario al que venimos acusando, con sobrados
motivos por cierto, de eso mismo. ¿Dónde estaría la distinción,
entonces, de nuestro credo democrático con lo que intensamente venimos
repudiando? El chavismo con su jefe o sin él va a sobrevivir por largos
años como una poderosa formación alterna a las diferentes propuestas
democráticas y su fuerza y significación dependerán de que sus
liderazgos sepan articularse democratizando sus agendas programáticas y
tomando radical distancia del estilo de su tiránico conductor.

Un gobierno de transición democrático estará obligado, como asunto
previo a toda acción punitiva a los desmanes rojos, el de reconocer la
legitimidad y pertinencia social y política del chavismo. Aparecerán sin
duda, ya los debe haber, interlocutores válidos civiles y militares
dentro de los "bolivarianos". No se puede partir, como muchos lo
piensan, de que todos son corruptos y violadores de DDHH, por lo que
deben ser arrasados sin excepción. La transición se encontrará aún muy
frágil política e institucionalmente como para que se comience a abrir
juicios masivos contra la nomenclatura chavista y el sector de su
privilegiada boliburguesía. Los daños al patrimonio público y al de los
particulares deben irse resarciendo a la nación y a sus dueños con
moderada prontitud; para estos procesos se debe contar con el concurso
de figuras del gobierno anterior, de cuya participación no faltará a
quien le sobren ganas.

Sobre juicios de DDHH, atendiendo a que no prescriben, habría que
esperar el momento en que adquiera musculatura la nueva
institucionalidad que no será para ahora.

La tarea planteada es para un estadista, no para los que ven la victoria
como modo de saciar odios propios como ajenos.

ferprietcuesta@gmail.com

http://www.analitica.com/va/politica/opinion/9791737.asp

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