AGUSTÍN BLANCO MUÑOZ | EL UNIVERSAL
viernes 23 de diciembre de 2011 12:00 AM
Si Navidad es tiempo de espiritualidad, acercamiento, unión, amor
compartido y la más plena felicidad.
Si es esplendor y expresión de la más sagrada ternura que nace del
propio aliento de un Jesús que aún niño se empeña en marcar un camino de
grandeza y trascendencia.
Si es fiesta de todos los que comparten un sueño de vida y esperanza, de
paz y amor, entonces esto que hoy presenciamos se aleja cada vez más de
esa epifanía.
Y sigue vigente la orden superior: ¡exprópiese las navidades!
¿Quién puede negar que vive en nosotros el temor-miedo-angustia? ¿Qué
estamos enfrentados, polarizados, divididos cada quien en el extremo que
peores dividendos depara?
Hoy es difícil concebir que tenemos comunidad o sociedad en la que
prevalece el bien común, la solidaridad. Todo está dispuesto para que
sobresalga el ejercicio de la trampa, el engaño, la perversión.
Y la verdad es que nuestro hundimiento es cada vez mayor. Venezuela ya
no existe en cuanto patria-país-nación. Somos un simple agregado de
voluntades sólo conectado por una suma de intereses que no puede
conformar un colectivo.
De modo que la tarea, para quienes pensamos en porvenir y compromiso
ante la vida, crece y se multiplica. Mientras no derrotemos los esquemas
de subsistencia que nos impusieron los invasores, seguiremos anclados en
la provisionalidad de lo individual e identificados con lo efímero.
No hemos alcanzado ni alcanzaremos en el corto o mediano plazo la
instancia de la realización. Ni siquiera somos portadores del proyecto
de lo que queremos ser.
La confusión es nuestro principal norte. No distinguimos dónde estamos
parados ni dónde pisaremos mañana. Y ni se diga de la gran dificultad de
explicarnos nuestra procedencia.
Hemos sido constantes y perseverantes en el oficio de borradores de
huellas. No hemos tenido el cuidado de conservarlas y menos
interrogarlas. Cada uno de nosotros ha querido comenzar los caminos
desde sus propias sobras y pisadas.
Por eso somos hoy un puño de individuos, sin idea ni empeño en
sociedad-comunidad, como apunta Pío Tamayo, que reúne el mayor compendio
de victorias para quienes han tenido la suerte de acumular riquezas a
cuenta del trabajo de otros.
Y por ello estamos también ante el más significativo registro de
frustraciones y derrotas para la gran mayoría de individualidades,
constreñidas a vivir entre el camino del otro y la esperanza vacía que
lo mantiene en el mismo punto de los rezagados.
El panorama no puede ser más penoso. Somos continuadores del más
significativo atraso. Son muchos los indicios de haber dejado a un lado
el imperio de la vida de maíz y los sueños en grande para abrirle paso a
las lanzas en cruz que acompañan las armas del fuego y el odio mayor.
Y lo más lamentable, si así puede decirse, es que este drama no atañe
sólo a nuestro tiempo de suma de pequeñas y grandes miserias. Hasta hoy
lo que se ha dado en llamar humanidad es algo regido por la acción de
tomar, vencer, aplastar.
Cada quien lleva su individuo a la contienda por la posesión de sus
propiedades, su seguridad, bienestar y justicia. La supuesta libertad.
Desde entonces los imperios de cada uno consiguieron faraones,
emperadores, monarcas, príncipes, reyes, héroes, caudillos,
libertadores, democracias o dictaduras a quienes encargar del ejercicio
más violento y terminante de la exacción.
Es un mundo que registra la propia provisionalidad, que está muy lejos
de esa suprema condición de humanidad. Somos apenas "cuasi-hombres" o
"cuasi-animales".
Pero el "cuasi raciocinio" deja atrás la conocida ley de la
sobrevivencia para avalar y convalidar acciones del horror, la
perversión, la negación de toda espiritualidad.
El sistema que prevalece es de y para el hambre sólo mata gente, los
exterminios de todo tipo, el crimen programado, organizado y creciente.
¿Qué es entonces lo humano? ¿Una razón para mantener y consolidar la
supremacía de unos "cuasi hombres" sobre otros? ¿Puede alguien decir que
estamos en un estadio diferente?
Y cuando nos detenemos ante nuestra realidad y percibimos la condición
de que somos portadores, para nada nos sorprende la existencia de un
régimen conducido por "cuasi hombres" de y para la destrucción que hacen
de la tiranía un perverso refugio.
Y siguiendo el gastado esquema mágico-religioso levantan la sagrada
institución del caudillo mayor para hacerlo dueño absoluto de todo
cuanto existe.
En sus manos está todo el poder y los recursos de una renta petrolera
que a los noventa años alcanza su mayor esplendor.
Una renta utilizada en la compraventa de voluntades y en las trampas
para el control de los individuos, que a rastras son llevados a un tal
socialismo que sólo conoce el registro de la derrota.
Una realidad que niega la vida plena. ¿Cómo pensar y concebir entonces
una feliz Navidad? En medio de una tiranía ejercida por un "cuasi
hombre" que niega instituciones y leyes no puede haber paz,
entendimiento, amor y felicidad de humanos.
Inevitable entonces, construir el tiempo en el cual alumbre el destino
del hombre completo, verdadero y capaz de erigir el imperio de la
belleza y la justicia, el amor y la libertad.
Mientras, habrá que impulsar las batallas para crear un tiempo sin
tiranos ordenando expropiaciones hasta de las navidades ¡Qué historia
amigos!
Twitter: @ablancomunoz
http://www.eluniversal.com/opinion/111223/expropiese-las-navidades
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