Algunos de los noveles miembros aspiran recrear el antimodelo de las
democracias populares
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ASDRÚBAL AGUIAR | EL UNIVERSAL
martes 6 de diciembre de 2011 12:00 AM
El nacimiento de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe
(Celac) y la apelación de Felipe Calderón, presidente de México, para
que proteja a la democracia, muestran un camino interesante para la
recomposición de las relaciones internacionales dentro de la región. Sus
frutos cabe apreciarlos a mediano plazo.
En una hora en la que las instituciones multilaterales de la posguerra
del siglo XX -ONU, OEA, UE- se revelan incapaces, tanto como sus Estados
miembros, para asumir con eficacia los desafíos del tiempo en curso,
dominado por las comunicaciones y el final de las fronteras, la
iniciativa representa un intento válido para el encuentro de caminos
diversos si no distintos. Poco cuenta, pues, la manipulación barata que
hace del asunto nuestro dictador enfermo, tanto como en su momento lo
hace el dictador Marcos Pérez Jiménez, en 1954, anfitrión de la
Conferencia de Caracas que organiza la OEA para dar vida a las
Convenciones sobre Asilo. Ayer como hoy, cabe señalarlo, los venezolanos
escapan al extranjero víctimas de la persecución por ambos inquilinos de
Miraflores.
El hecho de evitar la Celac comprometerse con la forja de estructuras
que le den solidez y aliento en sus propósitos, indica que los mismos
gobiernos no están seguros o contestes al respecto y sobre los caminos
para su realización; optan, sensatamente, por el ensayo y error, a pesar
de que la indicada comunidad es heredera de dos esfuerzos anteriores de
concertación intergubernamental, el Grupo de Contadora y su grupo de
apoyo, el Grupo de Río, que nacen en 1983 y 1986, durante las
presidencias venezolanas de Luis Herrera Campíns y Jaime Lusinchi.
Entonces como ahora -Calderón dixit- la preocupación es, en palabras del
finado y llamado por sus pares Canciller de las Américas, Arístides
Calvani (1969-1974), establecer la democracia donde no existe,
fortalecerla donde es débil, y consolidarla donde está presente. De modo
que razón tiene Brasil al plantear que el consenso, ab initio, es lo
conveniente. Antes que todo cabe redescubrir y obtener acuerdos en
cuanto a los paradigmas que marcan la existencia de la Celac y su
capacidad de inserción en los espacios inéditos de la globalización.
Esos consensos determinan su vida o su muerte.
Es evidente que algunos de los noveles miembros de la Celac, tanto como
su anfitrión, aspiran recrear el antimodelo de las democracias
populares, que entierra sin posibilidades de resurrección el siglo
pasado. Es la máscara que disimula, a ritmo de BlackBerry, la dictadura
comunista. Pero requieren la unanimidad de sus pares, y todos suman 33.
Y las realidades no cambian así nomás, menos entre países de tradición
nominalista como los nuestros, donde los códigos marchan a contravía del
quehacer de sus pueblos y gobiernos; por más que los cultores del parque
jurásico que denominan socialismo del siglo XXI se repitan en su
catecismo, para convencerse a sí mismos y arrastrar a los incautos.
Un dato si cabe tener presente y su diagnóstico es obra anticipada de la
Cumbre de las Américas que en 2001 dispone la redacción por la OEA de la
Carta Democrática Interamericana. No bastan las elecciones -siendo
esenciales- para tener democracias verdaderas. Ellas reclaman de los
gobiernos un ejercicio consistente con la democracia, que se resume en
el respeto y la garantía de los derechos humanos, de acuerdo a leyes
democráticas, asegurados por recursos judiciales efectivos, atendidos
por jueces independientes. La democracia, en fin, deja de ser mera forma
de los gobiernos o medio o procedimiento para que estos se constituyan;
es ahora y en lo sucesivo, como cabe repetirlo, un fin, un derecho
humano transversal, el derecho a la democracia.
Al respecto no es ocioso señalar que tal convicción colectiva en las
Américas acerca de la democracia no es el producto del azar. Es
consecuencia de una larga decantación que se inicia en 1826 con el
Congreso Anfictiónico de Panamá, tiene su escala en 1948 en Bogotá
cuando nace la OEA, y a la caída de las primeras dictaduras militares en
1959 fija, en Santiago de Chile, sus paradigmas; que sólo remoza y
actualiza, en Lima, la mencionada Carta Democrática.
Más allá de las nuevas formas y estructuras constitucionales que demanda
el tiempo por venir, lo sustantivo sigue allí y mal puede desfigurarse a
manos de traficantes de ilusiones o gendarmes de nuevo cuño. Bien dice
recién la Corte Interamericana que "la sola existencia de un régimen
democrático no garantiza, per se, el permanente respeto... de los
derechos humanos"... cuya protección "constituye un límite infranqueable
a la regla de las mayorías".
http://www.eluniversal.com/opinion/111206/la-celac-y-la-democracia
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