Rubén Blades, Intelectuales, Venezuela
Autoritarismo e inopia de una carta abierta
Decir que el chavismo triunfa con un 60 % es una vulgar mentira que
ningún articulista decente se permitiría
Haroldo Dilla Alfonso, Santo Domingo | 10/03/2014 6:28 pm
Las cartas abiertas han sido las hijas venidas a menos del género
epistolar. Con las nuevas tecnologías de la comunicación se han
masificado. Todo el mundo escribe cartas abiertas, y por eso se ha
erosionado la maestría. Y de expresiones literarias han pasado a ser
pasquines políticos.
Obviamente, una carta abierta no es un tratado académico, ni siquiera un
ensayo que obliga a referenciar las ideas. Es algo más ligero. Pero por
muy ligeras que sean, siempre se agradecen en ellas veracidad en lo que
se afirma y coherencia en lo que se argumenta. Y creo que todo esto
falló en la carta abierta dirigida a Rubén Blades, escrita por Guillermo
Rodríguez Rivera (GRR) y publicada en su blog por Silvio Rodríguez con
tanto cariño que muchos pensaron que era de él.
La admonición de GRR a Rubén Blades es un ejemplo de cómo toda una
franja de la intelectualidad cubana ha decidido chapotear en la pobreza
de la pobreza. Y ha hecho de sus miserias subjetivas una suerte de
retiro virtuoso construido de malos cálculos, mentiras y retóricas
edulcoradas. No obstante, no por ello esta carta es intrascendente, pues
resulta un verdadero monstruo, de esos que genera la razón autoritaria
que prevalece en la sociedad transnacional cubana (no solo en la Isla) y
que constituye uno de los más serios escollos que enfrentará la futura
república democrática.
Lo primero que llama la atención en la carta es la maestría de GRR para
caricaturizar todo lo que no entiende. Y como no entiende casi nada de
lo que afirma, toda la carta es una caricatura. Por ejemplo, se destaca
la manera como percibe y trata de explicar lo que es una revolución, sus
pertinencias y sus costos, que termina reducida a un pasquín heroico y
emotivo sin ningún valor argumental. Y fuera de ella —donde existe una
gama de actividades y posicionamientos políticos que ven el cambio de
otra manera— simplemente menciona a "las encopetadas damas de la alta
sociedad (que) salen a hacerle caridad a los que no tienen justicia". De
manera que para GRR la política aparece dividida en dos bandos: los
radicales revolucionarios (entre los cuales me imagino que él se ubica)
y los filántropos mojigatos.
También lo hace cuando se refiere al complejo binomio mayoría/minoría, y
en particular cuando trata a esta última como un subproducto de la
propia vida. Pero una minoría no es un residuo desechable, sino una
parte del mundo que interpelamos, que merece un espacio y que
eventualmente puede convertirse en mayoría. Esa es una regla vital de
toda democracia.
Toda propuesta política —revolucionaria, reformista o conservadora— es
susceptible de ser impugnada, y solo una visión reaccionaria de la vida
puede creer que hay algo que no lo pueda ser, y que quien lo haga merece
ser excomulgado. Eso fue lo que los atenienses entendieron cuando
inventaron la democracia, y lo que los inquisidores medievales echaron
por tierra cuando levantaron cánones divinos. Y esto último es lo que
defiende GRR asombrosamente en nombre de una revolución.
Solo que, y aquí me detengo en los recovecos de la empiria, los
conceptos de minoría y mayoría merecen ser tratados con cuidado
particular en el caso de Venezuela. Es innegable que Hugo Chávez cultivó
una cadena envidiable de triunfos electorales, sobre todo en la época de
oro de su proyecto entre 2004 y 2008, pero siempre ganó sobre una
minoría consistente superior al 40 %. Pero hace ya un tiempo que no es
así, pues la crisis del modelo chavista —acentuada con su muerte— ha ido
desgajando los apoyos.
Y en consecuencia, decir con GRR que el chavismo triunfa con un 60 % es
una vulgar mentira que ningún articulista decente se permitiría, no
importa cuan flexible sea escribir una carta abierta a un cantante y
publicarla en el blog de otro.
En las elecciones presidenciales de 2012 —con Hugo Chávez en la arena—
el oficialismo captó el 54 % de los votos; y en las de 2013 algo menos
del 51 %, contra algo más del 49 % de la oposición. En todas ellas se
usaron cuantiosos fondos públicos en apoyo de los candidatos
oficialistas —ello es usual en muchos países de América Latina— pero en
la última se usaron recursos inéditos: los provenientes del saqueo de
supermercados y del adelanto de las navidades con los consiguientes
pagos de regalías. Sin ellos —que marcan un límite acerca de lo que se
puede hacer en unas elecciones— ese tenue 1 % se hubiera inclinado
probablemente a favor de la oposición. En las elecciones municipales de
diciembre/2013 el chavismo logró un poco más de un 49 %, y todo el
espectro de oposición algo menos de un 51 %. Y en particular la
oposición de la llamada Mesa Democrática arrasó en las principales
ciudades del país.
Finalmente, es lamentable el desliz ético que implica mirar hacia el
lado, como hace esta franja aquiescente de la intelectualidad cubana, y
no observar la verdadera situación de la Isla: una economía decrépita,
una política desgastada, una sociedad que se empobrece y una población
que decrece. En lugar de esta mirada crítica necesaria —compromiso
ineludible de todo intelectual— estas criaturas se deshacen en
variaciones de un discurso gastado y conservador sobre utopías, peligros
externos, narcisismos sin sentidos, y otras bagatelas especulativas. A
pesar de que taxonómicamente se ubican en la izquierda, constituyen los
ripios en desbandada de un pensamiento autoritario, retrógrado y
contrarrevolucionario.
Y GRR hace todo esto magistralmente en su breve carta abierta, cuando
con una abusiva flexibilidad ética, regresa a la actitud plañidera sobre
las intolerancias de Miami (la mejor manera que tienen algunos
intelectuales cubanos de no mirar a las intolerancias propias), para lo
cual echa mano nada más y nada menos que a aquel incidente en que Oscar
de León fue penalizado en el sur de la Florida por cantar en Cuba.
Omitiendo que cientos de intelectuales y artistas cubanos no pueden
ejercer profesionalmente en su país —en el que nacieron— y algunos ni
siquiera pueden visitarlo.
La buena noticia es que GRR y sus patrocinadores no son parte de un
futuro, sino de un pasado. El futuro está en otro segmento intelectual,
que despliega una crítica creativa desde las diferentes esquinas de la
producción intelectual, sin los atavismos ideológicos y emotivos de una
generación que en algún momento nos dijo algo para quedar hoy sepultada
en la inopia, por los tiempos y las costumbres.
http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/autoritarismo-e-inopia-de-una-carta-abierta-317189
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