Friday, March 14, 2014

Venezuela: ¿mediación?

Venezuela: ¿mediación?
JUAN ANTONIO BLANCO | La Habana | 14 Mar 2014 - 7:38 am.

Opuesto hasta la fecha a toda gestión mediadora externa, Maduro pretende
fabricarse ahora una alineada con sus objetivos. ¿Qué hacer?

Si se desea contribuir a resolver un conflicto lo primero es conocer su
naturaleza.

El gobierno venezolano y sus aliados andan en busca de una gestión
mediadora a su gusto. Ello supone encontrar actores externos conferidos
de algún tipo de autoridad (si es que no de credibilidad) que se
planteen "la búsqueda de una solución a la crisis venezolana", pero
sobre premisas erradas. Personas que hagan llamados a que "todas las
partes abandonen la violencia" y se abstengan de iniciativas que, como
las manifestaciones de protesta, "puedan provocarla". Maduro, que hasta
ahora se había opuesto a toda gestión mediadora externa, parece ahora
dedicado a fabricarse una mediación alineada con sus objetivos.

Intentan crear una mediación mediante la cual reciban trato simétrico
victimario y víctimas. Y en la que la sacrosanta consigna de devolver la
"normalidad y la paz a Venezuela" en la práctica se traduzca en
abandonar las calles para regresar al statu quo madurista previo a la
rebelión. Los ciudadanos han de retornar "pacíficamente", o sea, de
forma resignada, a la inseguridad ciudadana, el desabastecimiento, la
supresión de derechos y libertades universales, los poderes
centralizados en la Presidencia, y a la aceptación de que las fuerzas
armadas y los servicios de orden público e inteligencia continúen
sometidos a las directrices del gobierno cubano.

Los llamados de Maduro a "dialogar" no han prosperado. Mientras, los
grupos paramilitares asesinan estudiantes y las bombas lacrimógenas y
disparos de fuerzas regulares y paramilitares penetran viviendas donde
residen mujeres, ancianos y menores. Nadie con un mínimo sentido de
responsabilidad y decoro pudiera acceder a semejante circo. Por eso
Maduro se encamina ahora a buscar actores externos que, careciendo de
esas virtudes, se presten a sacarlo del atolladero en que lo han metido
su soberbia, estulticia y la escalada represiva que ellas generan.

Creo que siempre se debe buscar una salida racional a cualquier
conflicto, lo que no supone que todos se puedan resolver de ese modo.
Mucho menos que puedan acometerse cuando los pretendidos mediadores
entran a la cancha con guion concertado de antemano con una de las partes.

Quienes deseen de buena fe contribuir a buscar una salida pactada al
actual conflicto venezolano deben primero comprender su naturaleza y la
de los actores (nacionales y extranjeros) involucrados.

Tampoco es asunto de llegar a Caracas, instalar una "comisión mediadora
internacional" en algún hotel, llamar a las partes a sentarse en torno a
una mesa y reportar como indisciplinados e intolerantes a quienes no
acudan a la cita. Las partes no están en igualdad de condiciones y
cualquier diálogo requiere de un conjunto de circunstancias que lo hagan
posible.

Por otro lado, es un error pensar que el caso de Venezuela solo compete
a los gobiernos latinoamericanos sea en el marco de UNASUR o cualquier
otro foro regional. Las recientes declaraciones del ministro de Defensa
ruso —cuando, a raíz de los sucesos en Kiev y Caracas, anunció que su
país estudiaba el establecimiento de bases en Venezuela, Nicaragua y
Cuba, mientras procedía a invadir la Península de Crimea— nos recuerdan
que vivimos en un mundo global. La crisis en Venezuela —país con las
mayores reservas petroleras del planeta— impacta los intereses de
ciudadanos y gobiernos en regiones. A todos compete dar pasos que puedan
contribuir a darle solución.

Los que desde cualquier latitud se interesen en ofrecer sus buenos
oficios deben tener presente que en este caso hay un prerrequisito
indispensable para poder iniciar un diálogo: el cese inmediato de la
violencia física y verbal, lo cual supone el desarme de los grupos
paramilitares y el repliegue a los cuarteles de las fuerzas de la
Guardia Nacional y la policía, que hoy reprimen el ejercicio pacífico de
la libertad de expresión y reunión pública. Sin perdigonazos, golpizas,
gases lacrimógenos, aviones de guerra, tanques, francotiradores y otras
lindezas de la "democracia alternativa" del madurismo, no habrá
necesidad de barricadas ni de lanzar cocteles molotov. La
criminalización de la protesta social y el asesinato de la reputación de
toda disidencia deben cesar de inmediato.

El diálogo —de cumplirse ese prerrequisito y poder llegarse a él—
tendría entonces que abordar el tema de la libertad incondicional de los
presos políticos, el fin de la injerencia cubana en Venezuela y los
acuerdos para avanzar hacia la genuina normalización del funcionamiento
de la sociedad.

Es imprescindible priorizar y resolver el tema de los presos políticos
—algunos en muy mal estado de salud. Su libertad debe ser incondicional
e inmediata.

Manifestar, como acaba de hacer UNASUR, la "preocupación ante cualquier
amenaza a la independencia y soberanía de la República Bolivariana de
Venezuela" es, cuando menos, un dislate. La intervención extranjera que
pisotea la independencia venezolana e impide a ese pueblo
autodeterminarse no es una amenaza potencial sino un hecho de larga
data. No se trata de evitarla sino de ponerle fin. Ello supone en el
caso de Venezuela la salida inmediata de miles de asesores militares
cubanos ya instalados en el país, así como aquellos que se desempeñan
como tales en los cuerpos de inteligencia, controles informáticos y de
los aeropuertos.

Sin perdigonazos, disparos en la espalda, presos políticos, torturados,
gases lacrimógenos ni ocupación extranjera, los venezolanos podrán
ejercer su plena soberanía y, basados en su propia Constitución —la
famosa "roja, rojita" violada brutalmente por este régimen de vocación
estalinista—, comenzar a recorrer los caminos para una Venezuela
reconciliada.

"Normalizar Venezuela" no es exhortar a los ciudadanos a que retornen
resignados a sus casas. Implica separar poderes públicos, restablecer el
estado de derecho, garantizar la probidad del sistema electoral,
proteger las libertades de expresión, prensa y asociación, recuperar la
seguridad ciudadana y reconstruir el aparato productivo y financiero del
país. Esa es la paz que merecen los venezolanos. La otra es la de los
sepulcros.



Juan Antonio Blanco es Doctor en Historia de las Relaciones Internacionales.

http://www.diariodecuba.com/internacional/1394779085_7613.html

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