Tuesday, April 29, 2014

Un socialismo pequeño, muy pequeño

VENEZUELA

Un socialismo pequeño, muy pequeño
FABIO RAFAEL FIALLO | Ginebra | 29 Abr 2014 - 8:46 am.

Correa, Ortega, Kirchner…: el chavismo ya no inspira ni siquiera a sus
antiguos socios.

¿Ha tenido usted, amigo lector, la ocasión de ver el filme Un burgués
pequeño, muy pequeño, del italiano Mario Monicelli, realizado en 1977?
Si lo vio, con certeza lo recuerda. Si no, vale la pena procurarse el video.

El gran actor Alberto Sordi protagoniza el personaje principal: un
burócrata sin brillo llegado a la edad de la jubilación. Una de las
primeras escenas de la película describe el coctel de despedida
organizado en su honor, durante el cual hace uso de la palabra. Apenas
pronuncia una o dos frases, sus compañeros de trabajo comienzan a
partir, sin darle importancia a lo que él pudiera contarles.

Su vida privada no es menos decepcionante. El hijo muere víctima de una
balacera, aunque al espectador (al menos a este autor) le da la
impresión de que podría tratarse de una alucinación del padre, quien se
niega a aceptar la realidad: su hijo no murió sino que se fue del hogar
para emanciparse. Sea lo que fuere, el padre se afana en encontrar al
culpable de la desaparición de su hijo. La esposa, por su parte, se
había quedado muda, pues a lo largo de los años su marido nunca le dio
voz ni voto en la toma de decisiones.

Al final, vemos al funcionario jubilado sentado en el banco de un
parque, balbuceando nimiedades a fin de entablar conversación con madres
jóvenes que pasean a sus niños sin prestarle atención al intruso.

Estos son los detalles del filme que, con las imprecisiones propias de
la subjetividad de la memoria, marcaron al autor de esta columna.
Detalles que, en múltiples aspectos, evocan el llamado "socialismo del
siglo XXI".

Para demostrar tal afirmación, comencemos con algo similar al coctel de
despedida de la película, a saber, con la ceremonia en torno al primer
aniversario de la muerte del padre de aquel socialismo, Hugo Chávez Frías.

En la misma brillaron por su ausencia varios jefes de Estado amigotes
del "comandante eterno", en particular Dilma Rousseff, Cristina
Fernández de Kirchner y Rafael Correa. Por su parte, el presidente de
Nicaragua, Daniel Ortega, se abstuvo de asistir al desfile organizado en
aquella ocasión.

¿Por qué ese desinterés tan parecido al de los compañeros de labores del
funcionario de la película? Pues bien, sencillamente porque el chavismo
ya no inspira a nadie. Al ver cómo el control de cambios ha hundido el
bolívar, Rafael Correa ha preferido mantener la dolarización de la
economía ecuatoriana. Al ver cómo el gobierno venezolano despilfarra los
recursos del Estado, Evo Morales ha preferido financiar el gasto público
con impuestos. Al ver cómo las expropiaciones han contribuido al
derrumbe del sector productivo venezolano, Daniel Ortega abre la
economía nicaragüense a la inversión extranjera, en particular
estadounidense.

Esos dirigentes siguen siendo cómplices del castrochavismo. No solo
porque continúan recibiendo petrodólares venezolanos, sino también
porque los une la retórica anti "imperio", el mismo desprecio por los
derechos humanos y la libertad de expresión y, no menos importante,
espurias ambiciones continuistas calcadas de las dictaduras militares de
antaño. Pero en el campo de la economía, miran a Venezuela como un
modelo a no copiar.

Mostrar afinidades con el chavismo atraía ayer votos en América Latina.
Hoy, los candidatos de izquierda tienden a desligarse del modelo
venezolano. Tal fue el caso de Ollanta Humala, quien para poder ganar la
presidencia del Perú tuvo que distanciarse del chavismo. Y cuando no se
distancian salen mal parados, como le ocurrió este año en las
presidenciales de Costa Rica al candidato cercano al chavismo, José
María Villalta, quien quedó en tercer lugar con apenas el 17% de los votos.

Por otra parte, a semejanza del hijo del burócrata de la película —quien
desapareció por emancipación o muerte—, la juventud venezolana tomó la
corajuda decisión de emanciparse del chavismo, aunque por ello esté
pagando injustamente un precio espeluznante.

Y al igual que el burócrata del filme, el régimen castromadurista busca
alucinadamente un culpable al desamor de la juventud, atribuyéndoselo a
la "derecha fascista" y al "imperio".

Como el gobierno castromadurista se empecina en reprimir a quien
discrepe de la línea oficial, acusándolo de desacato cuando no de
traición, los cuadros del chavismo —cual la esposa del filme— han
perdido la voz y olvidado cómo pensar por sí mismos. Obedecen órdenes,
no más.

Tal fenómeno se inscribe en el linaje del totalitarismo castrista, cuyo
líder Raúl Castro, constatando que el pensamiento oficial en Cuba está
totalmente anquilosado, se declara ahora "enemigo de la unanimidad".
Pero, ¿cómo puede ese tipo de régimen, ya sea en Cuba o en Venezuela,
generar otra cosa que no sea la actitud servil de cuadros que deben su
carrera política al hecho de repetir lo que se les ordene aprobar o decir?

Finalmente, al igual que el funcionario de la película pasa su vejez
balbuceando tonterías en un parque, el socialismo del siglo XXI ha
llegado al ocaso de su existencia liderado por un maestro cum laude de
la incoherencia, Nicolás Maduro.

Lo vemos crear un estrambótico Ministerio de la Suprema Felicidad. Lo
vemos gritar a las mujeres venezolanas: "¡A parir se ha dicho!" Lo vemos
confundir panes con penes y pajaritos que silban con la voz de
ultratumba de su mentor. Lo vemos expulsar funcionarios de la embajada
del "imperio" y luego proponer a ese mismo "imperio" elevar las
relaciones bilaterales al nivel de embajadores. Lo vemos abogar a
rajatabla por el diálogo, y al día siguiente advertir que nadie cuente
con que el diálogo "dé resultados". ¿Quién puede tomarlo en serio, amigo
lector?

Existe no obstante una diferencia radical entre el personaje del filme y
el socialismo del siglo XXI, a saber: si parafraseando al inmortal José
Ángel Buesa puede decirse que el pequeño funcionario pasará por la vida
sin saber que pasó, el "socialismo del siglo XXI" sí dejará una impronta
indeleble, y maléfica, que habrá de medirse en términos de expectativas
frustradas, promesas traicionadas y sangre derramada.

http://www.diariodecuba.com/internacional/1398753979_8352.html

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