Monday, March 13, 2017

Una izquierda cornuda

Una izquierda cornuda
FABIO RAFAEL FIALLO | Ginebra | 13 de Marzo de 2017 - 08:51 CET.

En su monumental novela intimista En busca del tiempo perdido (uno de
los hitos literarios del siglo pasado), Marcel Proust atribuye la
traición en el amor al carácter y la forma de actuar de la persona
engañada. El escritor francés escribe al respecto: "Los hombres que han
sido abandonados por diferentes mujeres lo han sido casi siempre de la
misma manera a causa de su carácter y de sus reacciones siempre
idénticas que uno puede anticipar; cada quien tiene su manera propia de
ser engañado, al igual que tiene su manera de atrapar un resfriado".

La concepción proustiana del engaño amoroso puede transponerse a la
esfera política. Cuando los dogmas y apasionamientos ideológicos le
impiden a un movimiento político captar la realidad y eventualmente
autocuestionarse, dicho movimiento corre el riesgo de ser una y otra vez
rechazado y abandonado por sus simpatizantes y, no menos grave,
utilizado por líderes ávidos de poder que se sirven del mismo,
enarbolando sus ideales, con el único objetivo de satisfacer sus
cuestionables apetencias.

Esa dinámica de traición política se manifiesta en las vicisitudes que
actualmente enfrenta la izquierda.

Comenzando por el hecho de que las clases populares —que la izquierda
dice representar y conducir al supuesto paraíso socialista— la abandonan
por doquier.

En Europa, los partidos de ultraderecha, nacionalistas y xenófobos, han
logrado conectar con el electorado de bajos y medios ingresos. En
Francia, los candidatos de izquierda a las elecciones presidenciales de
mayo próximo, Benoît Hamon y Jean-Luc Mélenchon, se encuentran a la zaga
de la ultraderechista Marine Le Pen. En Holanda, las encuestas
pronostican un descalabro del Partido Laborista (PvdA en holandés) en
las elecciones parlamentarias del 15 de marzo próximo, el cual pasaría
del segundo al séptimo lugar en términos de votantes. En el Reino Unido,
el Partido Laborista (actualmente dirigido por el izquierdista radical
Jeremy Corbyn) acaba de perder la curul de Copeland, que ocupaba
ininterrumpidamente desde hace 80 años.

En lo que respecta a América Latina, cada consulta electoral y cada
sondeo que se realiza muestran el desgaste de la llamada izquierda
bolivariana (castrochavista).

En Argentina, el kirchnerismo fue vencido electoralmente por un Mauricio
Macri que asume abiertamente su adhesión a la economía de mercado y a
los acuerdos de libre comercio. En Brasil, el lulismo se ha visto
enmarañado en escándalos de corrupción que han hecho volar en pedazos su
popularidad. En Bolivia, las tentativas continuistas de Evo Morales
fueron rechazadas por la mayoría de los ciudadanos en un referendo
organizado al respecto. En Ecuador, el candidato correísta Lenin Moreno
obtuvo menos votos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales
de 2017 que el conjunto de los candidatos de la oposición y las
encuestas auguran una victoria del candidato de centro derecha Guillermo
Lasso en la segunda vuelta. En Venezuela, súmmum de la debacle
izquierdista, el apoyo popular al presidente Nicolás Maduro ha caído en
picada, situándose actualmente en menos de 10%. De hecho, para lograr
mantenerse en el poder, el chavismo hace uso de métodos represivos
instaurados en Venezuela con la asesoría de los agentes del castrismo
que trabajan en ese país.

La izquierda no solamente sufre el abandono de las clases populares,
sino que también es manipulada, y a fin de cuentas traicionada, por sus
propios líderes.

La política de austeridad (tournant de la rigueur) adoptada en Francia
por François Mitterrand en 1983, el giro de corte neoliberal tomado por
el actual presidente socialista François Hollande (después de haberse
ofertado como el enemigo del capitalismo financiero), al igual que las
reformas promercado del también socialista Gerhard Schroeder en Alemania
en la década pasada, sin olvidar la aceptación por el izquierdista
populista griego Alexis Tsipras de las condiciones impuestas por los
acreedores de su país (las mismas que él había prometido rechazar cuando
estaba en la oposición), constituyen una traición a los programas que
esos líderes habían enarbolado con el objetivo de lograr el apoyo de la
izquierda a sus aspiraciones electorales.

Ante esos fracasos y traiciones, la izquierda reacciona de dos formas
diferentes.

Una es la de la izquierda europea, que rehúsa admitir que es el realismo
económico y las exigencias de las insoslayables leyes de la oferta y la
demanda lo que obliga a sus líderes a recapacitar y cambiar de programa
una vez en el poder. Al reaccionar de esa forma, los militantes de la
izquierda europea adoptan la actitud del cornudo encolerizado: nuestros
dirigentes han resultado ser unos impostores, nos engañan una y otra
vez, pero seguimos aferrados al "legado ideológico" de la izquierda y
nos lanzamos a apostar por nuevos movimientos (como Podemos en España)
que prometan representarnos con fidelidad y dignidad.

Diferente es el camino tomado por la izquierda radical latinoamericana,
que no cesa de admirar y respaldar al castrochavismo en una postura que
se asemeja mucho a la del cornudo consentidor.

Dicha izquierda parece en efecto decir: es cierto que nuestros líderes
no han estado a la altura del desafío socialista; es cierto que Fidel le
dio la espalda a todas y cada una de las promesas que formuló en su
discurso La Historia me absolverá (restauración de la democracia en
Cuba, convocación a elecciones libres, respeto de la prensa
independiente y de la autonomía de los sindicatos); es cierto que los
gobiernos de los Kirchner en Argentina, del binomio Lula-Rousseff en
Brasil y del chavismo en Venezuela tienen mucho que reprocharse en
materia de corrupción; es cierto que centrales sindicales y comunidades
indígenas han combatido las políticas tanto de Evo Morales como
de Rafael Correa después de haberlos ayudado a ganar las elecciones; es
cierto que, en materia de continuismo, Daniel Ortega se ha convertido en
un nuevo Somoza; es cierto que en Venezuela el descalabro es total; es
cierto, finalmente, que todos esos gobiernos han sido incapaces de
aprovechar el auge de las materias primas de la década pasada para
desarrollar las "fuerzas productivas" (es decir, la base material y
tecnológica de una sociedad en la jerga marxista), condición sine qua
non, según el propio Marx, para la instauración de un socialismo viable
y eficaz.

A pesar de todo eso, nosotros seguimos defendiendo a nuestros líderes.
Nos quedamos callados cuando quedan al descubierto los escándalos de
corrupción que los involucran (como los relativos a los Panama Papers y
a Odebrecht), escándalos que denunciamos con vehemencia cuando embarran
a los gobiernos "no progresistas" de la región. Pues si el
castrochavismo sufre percances en estos días —prosigue el alegato— es
porque es víctima de conspiraciones urdidas por la derecha fascista en
contubernio con el imperio genocida y criminal. Y si ha habido fallas en
la construcción del venerado "socialismo del siglo XXI", lo que hay que
hacer, no es cambiar de amante, perdón, de líder, sino "profundizar"
dicho socialismo, o lo que es lo mismo, "radicalizar la revolución".

Ante tal empecinamiento, no tiene nada de sorprendente que la base
electoral de la izquierda radical latinoamericana se aleje del
izquierdismo de la misma manera que una persona se separa del amante que
la ha decepcionado, aunque este le jure que va a cambiar y le prometa
villas y castillas para convencerla de permanecer a su lado.

Por otra parte, para prolongar su embeleso ante el régimen cubano a
pesar del espantoso fiasco económico y de la represión que mantiene al
mismo en el poder, la izquierda recurre a una retórica similar a la del
jefe de la propaganda nazi: de la misma manera que Goebbels trató de
relativizar y hacer olvidar los crímenes del nazismo invocando los
logros del Tercer Reich en materia de reducción del desempleo, la
izquierda castrochavista, en un intento de relativizar, minimizar y
justificar el carácter tiránico del régimen cubano, saca a relucir las
supuestas "conquistas de la Revolución" en materia de salud pública y
educación.

Como si la reducción del desempleo en un caso, y los programas de
asistencia social en el otro, pudieran justificar la naturaleza
intrínsecamente despótica, totalitaria y criminal del nazismo o del
castrismo.

A final de cuentas, la izquierda latinoamericana termina siendo
doblemente cornuda: una, por su base que se desencanta y la abandona; y
otra, por líderes que enarbolan la bandera izquierdista con el solapado
propósito de alcanzar el poder y perpetuarse en él.

De hecho, los desengaños sufridos por la izquierda no tienen nada de
nuevo. Recordemos cómo y cuánto vibraron de emoción los intelectuales de
izquierda ante el Camarada Stalin, el Gran Timonel Mao Tse-Tung y los
líderes tercermundistas Muamar Gadafi, Robert Mugabe y Sadam Hussein,
todos culpables de crímenes horrendos que, por mucho tiempo, y al igual
que un cornudo consentidor, la izquierda trató de negar o disimular.

Con semejante rechazo sistemático de la realidad, que evoca el
empecinamiento del amante engañado descrito por Marcel Proust, ¿cómo
podría la izquierda, tanto en Europa como en América Latina, dejar de
ser cornuda?

Source: Una izquierda cornuda | Diario de Cuba -
http://www.diariodecuba.com/internacional/1488676825_29417.html

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